Caminando entre las Cenizas
"La vida humana acontece solo una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron
correctas y cuáles fueron incorrectas. En la vida que nos ha sido dada, no podemos ensayar otra."
― Milan Kundera,
La insoportable levedad del ser
Yo elegí incendiar la mía.
Claro, no tenía ni puta idea de que llevaba meses construyendo mi propia hoguera - cada acto de confianza era
yesca, cada vulnerabilidad era leña, cada plan a futuro otro galón de gasolina - hasta que un día todo se prendió
en llamas y descubrí que la mujer acostada al lado mío había sido el fósforo desde el principio.
Y después, caminando entre las cenizas, elegí invertir una cantidad no trivial de tiempo y esfuerzo en construir
un archivo forense de 225,637 mensajes de WhatsApp pa' funar a una puta.
Marco Aurelio escribió que el fuego ardiente convierte en llama y brillo todo lo que le arrojan. La alquimia
existe, pero no tiene nada que ver con transformar metales literales. La alquimia real transforma plomo espiritual
en oro: toma algo profundamente traumático y humillante y convierte el recuerdo en otra cosa. En risa. En orgullo.
En expresión creativa. En desarrollo profesional. En un sitio web con dominio propio y certificado SSL. Y en esa
satisfacción moral que todos sentimos cuando alguien que victimizaba a uno tras otro - y se reía, porque la
naturaleza del juego que jugaba prácticamente garantizaba que siempre se iba a salir con la suya - por fin recibe
lo que se merecía.
Sí, probablemente tengo un par de tornillos flojos. ¿La prueba? Bueno, probablemente la estamos viendo. Es difícil
articular la experiencia emocional de abrirte completamente a una persona que da toda la apariencia de compasión y
sinceridad - y después descubrir que de hecho es patológicamente incapaz de experimentar empatía real. Que la
persona de la que te enamoraste no existe. Que nunca existió. Que estuviste enamorado de un fantasma que habitaba
un cuerpo que no le pertenecía. En todo caso, yo estaba en un lugar donde eso me golpeó más fuerte de lo que le
habría pegado a otros.
Pero como escribió Vonnegut: "Ya que no hay nadie más que me elogie, me elogiaré yo mismo - diré que jamás he manipulado un solo diente en
mi máquina de pensamiento, tal como es. Faltan dientes, Dios sabe - algunos con los que nunca nací, dientes que
jamás crecerán. Y otros dientes han sido arrancados por los cambios sin embrague de la historia - Pero jamás he
destruido voluntariamente un diente de un engranaje de mi máquina de pensar. Jamás me he dicho: 'Este hecho me
sobra.'"
¿Quién putas procesa haber sido emocionalmente desarmado por una bruja disfrazada de mujer - la rabia ante la
impotencia de haber perdido un juego en el que las reglas estaban amañadas desde el principio - dedicándole una
cantidad completamente irracional de esfuerzo a un proyecto de ingeniería y en última instancia un proyecto de
arte? Alguien que analizó la situación en términos de teoría de juegos y pensó: "¿Cómo destruyo el juego?"
Pues, yo (aparentemente).
Yo ya me fui. Esto es el papeleo. El papeleo lo hace mayormente una máquina. Yo la configuré y me fui a vivir.
La asimetría de responderle a una puta guisa, un literal parásita que jamás va a contribuir nada de valor al
mundo, con rigor intelectual - es inherentemente absurda. La colisión de registros me parece hilarante - y esa
risa resultó ser mejor medicina que cualquier cosa que se compra en una farmacia.
Hay una idea que la gente repite con la convicción de los que nunca la han puesto a prueba: que la venganza no
sana heridas. Que es veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Que el "camino correcto" es perdonar,
soltar, pasar la página, y eventualmente, con suficiente terapia y yoga, alcanzar algo que los gringos llaman
closure y que los colombianos llaman "dejar esa mierda así."
A esa idea le tengo un profundo respeto intelectual.
Y también le tengo 397 chats, 253 hombres catalogados en tres categorías (romance, sugar daddy, cliente), y una
mujer que el 3 de enero de 2024 le escribió a sus amigas, textualmente, "Bueno, qué hay para hacer? Año nuevo,
prostitutas nuevas" (msg #48219).
A la sabiduría convencional sobre la venganza le falta un asterisco: resultados pueden variar si la otra persona es genuinamente malvada y tú eres genuinamente terco.
Pero la pregunta de si la venganza sana es, en el fondo, la pregunta equivocada.
La pregunta correcta es: si no yo, ¿quién?
No fui el primero. Antes de mí hubo otros hombres a los que les mintió con la misma cara con la que me miraba a mí
cuando me decía "Con él no porque él ya cree que soy prostituta y no le daré más motivos jajajajaja" (msg
#189846). Otros que sospecharon y no pudieron probar nada porque ella es, hay que reconocerlo, espectacularmente
buena en lo que hace - y lo que hace es mentir, pero con una dedicación artesanal que en otro contexto merecería
un portafolio profesional. Otros que se tragaron el DARVO (la inversión de víctima y victimario que ejecuta con la
naturalidad de quien respira) y terminaron preguntándose si el problema no serían ellos.
El patrón no iba a parar solo. No hay incentivo para que pare. Funciona demasiado bien.
Yo simplemente fui el primero que tenía las herramientas técnicas para documentarlo, la evidencia suficiente para
resistir la manipulación de la percepción (que es, si somos honestos, su verdadero talento: no el sexo, no la
seducción, sino la capacidad de hacerte dudar de lo que viste con tus propios ojos), y la terquedad gringa de no
dejar las cosas así. Habrá quien diga que eso me convierte en un obseso. Yo digo que me convierte en un servicio
público con una interfaz de usuario bastante elegante.
(Mi terapeuta dice que las dos cosas no son mutuamente excluyentes. Le cobro la mención.)
Kundera tenía razón: la vida acontece solo una vez. No hay ensayo. No hay versión corregida. Yo elegí gastar una
porción significativa de la mía en esto, y la única métrica relevante es si el resultado valió la inversión.
Si estás leyendo esto, si llegaste al capítulo nueve de un ensayo escrito por un gringo emputado sobre los 397
chats de WhatsApp de su ex, entonces ya conocés la respuesta. No porque yo te la haya dado, sino porque llevás
nueve capítulos riéndote, indignándote, y mandándole capturas a tus amigos. El medio ES el mensaje. El tono ES el
argumento. Si la venganza fuera veneno, esto no sería entretenido. Sería triste. Y no creo que estés triste.
(Y entre nos: cosas han pasado en mi vida desde que lancé este proyecto que no las creería nadie. Mi tocayo
García Márquez inventó el realismo mágico. Yo aparentemente estoy viviendo en él.)
En un stream, El Mune me preguntó si había valido la pena. Le dije que sí, pero la verdad es más complicada que
eso: no era solo una cuestión de si valía la pena para mí. Había que disuadir. Había que crear un costo lo
suficientemente alto para que el cálculo de costo-beneficio (y ella SÍ hace ese cálculo, con la frialdad de una
consultora de McKinsey evaluando mercados emergentes) dejara de cerrar a su favor. Game theory aplicada a la
decencia humana. Nash estaría orgulloso. O asqueado. Probablemente ambas cosas.
(Las paisas ni con el chimbo prestado, como bien dijo el público. Pero yo llegué al mismo destino por un camino
más razonado. Mis disculpas a Juanagogo.)
225,637 mensajes. 397 chats. 772 días de una vida que no era una vida sino una operación logística con forma de
mujer. Un SAP emocional con pestañas postizas y un sistema de CRM que funcionaba exclusivamente en WhatsApp.
Yo ya me fui. Estoy bien. Estoy en otro lado, con otra gente, haciendo cosas que importan. El archivo queda. No
porque no pueda soltar, sino porque hay cosas que merecen no ser olvidadas. No por rabia. Por responsabilidad. Le
pongo el reto a cualquiera de construir un argumento racional de que este proyecto NO dejó al mundo un poquito
mejor. Mi mejor amigo es más inteligente que yo y un budista comprometido, y después de bastante sparring
intelectual (nuestra versión de "diversión"), ni ÉL pudo.
Y bueno, también un poquito por rabia.
Pero sobre todo por la Ciencia.