Prólogo: Caminando entre las cenizas

"La vida humana acontece solo una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles fueron incorrectas. En la vida que nos ha sido dada, no podemos ensayar otra."
― Milan Kundera,
La insoportable levedad del ser

Un prólogo, por definición, va antes del primer capítulo.
Este está en el noveno.
No sé cuánto de eso refleja mi manejo del español y cuánto refleja mi personalidad, pero en cualquier caso me parece apropiado: un hombre que construyó un archivo forense de 225,637 mensajes de WhatsApp probablemente no es alguien de quien debas esperar que haga las cosas en el orden correcto. Los resultados los entrego. El protocolo lo negociamos después.
(Mis disculpas a la Real Academia Española. Pero creo que si vieran la base de datos, entenderían.)

Hay una idea que la gente repite con la convicción de los que nunca la han puesto a prueba: que la venganza no sana heridas. Que es veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Que el "camino correcto" es perdonar, soltar, pasar la página, y eventualmente, con suficiente terapia y yoga, alcanzar algo que los gringos llaman closure y que los colombianos llaman "dejar esa mierda así."
A esa idea le tengo un profundo respeto intelectual.
Y también le tengo 394 chats, 253 hombres catalogados en tres categorías (romance, sugar daddy, cliente), y una mujer que el 3 de enero de 2024 le escribió a sus amigas, textualmente, "Bueno, qué hay para hacer? Año nuevo, prostitutas nuevas" (msg #48219).
A la sabiduría convencional sobre la venganza le falta un asterisco: resultados pueden variar si la otra persona es genuinamente malvada y tú eres genuinamente terco.

Permítanme presentar la evidencia empírica.
La tesis convencional predice que la persona que elige la venganza termina consumida, aislada, obsesionada, y peor que antes. Es una predicción comprobable. Veamos:
¿Consumido? Construí un sitio web, una base de datos relacional, un sistema de análisis con inteligencia artificial, y una audiencia que (según me informan) incluye abogados colombianos que debaten la legalidad del proyecto en Instagram. Todo esto mientras mantenía un trabajo, descubría que me encanta escribir en español, y comprobaba que la vida después de que una sociópata hecha y derecha (el término clínico preciso es "narcisista encubierta") con doscientos cincuenta y tres contactos masculinos te destroce el corazón es, de hecho, considerablemente más tranquila.
Es más: conocí a una pelada y me enamoré. Sí, al principio mi "proyectico" la asustó y la fascinó en partes iguales, pero ahora... es mi editora. Resulta que plantar una bandera controversial y profundamente personal en internet puede ser un atajo notablemente eficiente para saltarse mucha mierda del mundo de las citas y encontrar a alguien con quien realmente sintonizás.
¿Aislado? Hablando de eso, resultó que documentar un desastre sentimental con precisión de auditor fiscal es, inexplicablemente, una forma muy efectiva de conocer gente. Cosas han pasado en mi vida desde que lancé este proyecto que (me disculpo por la vaguedad) no las creería nadie. Mi tocayo García Márquez inventó el realismo mágico. Yo aparentemente estoy viviendo en él. Las sincronicidades no existen, por supuesto; soy programador, no místico. Pero si existieran, el universo me estaría mandando un mensaje bastante claro, y ese mensaje sería: "lo hiciste bien, pendejo."
¿Obsesionado? Esto lo concedo parcialmente. Un hombre que cataloga 59 clientes y 43 sugar daddies con la disciplina de un bibliotecario no es, estrictamente hablando, un hombre que "soltó el tema." Pero hay una diferencia entre la obsesión del que está atrapado y la meticulosidad del que está archivando. Además, y esto es lo que la gente no entiende, resultó que un archivo de 225,637 mensajes de una mujer con doble vida es un dataset espectacular para soltar una inteligencia artificial y ver qué es capaz de hacer. Un corpus enorme, complejo, multilingüe, con patrones de manipulación que harían llorar a un psicólogo forense, y sin nada realmente importante en juego. El proyecto de hobby perfecto: construir un agente de IA que fuera mitad Freud, mitad Sherlock Holmes, mitad Genghis Khan. Y sí, sé que eso da tres mitades, pero así estuvo la matemática hasta que Opus 4.5 llegó al mundo y las proporciones empezaron a cuadrar.
Yo ya me fui. Esto es el papeleo. El papeleo lo hace mayormente una máquina. Yo la configuré y me fui a vivir.
¿Peor que antes? Me enamoré de una mujer que mantenía veinticuatro chats simultáneos en un solo día (12 de agosto de 2024, verificable), que le decía a su novio "jajajaja lo dices como si fuera una prostituta" (msg #189341) mientras discutía estrategias de precio en Provenza con su amiga en un audio de cuatro minutos, y que consideraba la fidelidad un concepto abstracto interesante, como la teoría de cuerdas, pero con menos aplicaciones prácticas. Peor que eso no estoy. Es matemáticamente improbable.

Pero la pregunta de si la venganza sana es, en el fondo, la pregunta equivocada.
La pregunta correcta es: si no yo, ¿quién?
No fui el primero. Antes de mí hubo otros hombres a los que les mintió con la misma cara con la que me miraba a mí cuando me decía "Con él no porque él ya cree que soy prostituta y no le daré más motivos jajajajaja" (msg #189846). Otros que sospecharon y no pudieron probar nada porque ella es, hay que reconocerlo, espectacularmente buena en lo que hace. Otros que se tragaron el DARVO (la inversión de víctima y victimario que ejecuta con la naturalidad de quien respira) y terminaron preguntándose si el problema no serían ellos.
El patrón no iba a parar solo. No hay incentivo para que pare. Funciona demasiado bien.
Yo simplemente fui el primero que tenía las herramientas técnicas para documentarlo, la evidencia suficiente para resistir la manipulación de la percepción (que es, si somos honestos, su verdadero talento: no el sexo, no la seducción, sino la capacidad de hacerte dudar de lo que viste con tus propios ojos), y la terquedad gringa de no dejar las cosas así. Habrá quien diga que eso me convierte en un obseso. Yo digo que me convierte en un servicio público con una interfaz de usuario bastante elegante.
(Mi terapeuta dice que las dos cosas no son mutuamente excluyentes. Le cobro la mención.)

Kundera tenía razón: la vida acontece solo una vez. No hay ensayo. No hay versión corregida. Yo elegí gastar una porción significativa de la mía en esto, y la única métrica relevante es si el resultado valió la inversión.
Si estás leyendo esto, si llegaste al capítulo nueve de un ensayo escrito por un gringo emputado sobre los 394 chats de WhatsApp de su ex, entonces ya conocés la respuesta. No porque yo te la haya dado, sino porque llevás nueve capítulos riéndote, indignándote, y mandándole capturas a tus amigos. El medio ES el mensaje. El tono ES el argumento. Si la venganza fuera veneno, esto no sería entretenido. Sería triste. Y no creo que estés triste.
En un stream, El Mune me preguntó si había valido la pena. Le dije que sí, pero la verdad es más complicada que eso: no era solo una cuestión de si valía la pena para mí. Había que disuadir. Había que crear un costo lo suficientemente alto para que el cálculo de costo-beneficio (y ella SÍ hace ese cálculo, con la frialdad de una consultora de McKinsey evaluando mercados emergentes) dejara de cerrar a su favor. Game theory aplicada a la decencia humana. Nash estaría orgulloso. O asqueado. Probablemente ambas cosas.
(Las paisas ni con el chimbo prestado, como bien dijo el público. Pero yo llegué al mismo destino por un camino más razonado. Mis disculpas a Juanagogo.)

225,637 mensajes. 394 chats. 772 días de una vida que no era una vida sino una operación logística con forma de mujer.
Yo ya me fui. Estoy bien. Estoy en otro lado, con otra gente, haciendo cosas que importan. El archivo queda. No porque no pueda soltar, sino porque hay cosas que merecen no ser olvidadas. No por rabia. Por responsabilidad. Le pongo el reto a cualquiera de construir un argumento racional de que este proyecto NO dejó al mundo un poquito mejor. Mi mejor amigo es más inteligente que yo y un budista comprometido, y después de bastante sparring intelectual (nuestra versión de "diversión"), ni ÉL pudo.
Y bueno, también un poquito por rabia.
Pero sobre todo por la Ciencia.